Como con todas las emociones, la felicidad es nuestra interpretación consciente y subjetiva del efecto de la interacción de circuitos cerebrales muy específicos.
Hablar con propiedad sobre sensaciones como el placer, el bienestar y, lo que aquí compete, la felicidad, requiere implicar también un importante componente fisiológico, presente en la experimentación de las emociones. Si bien, se atribuye a la interacción entre hormonas y neuronas, el mecanismo interno de la felicidad depende de los neurotransmisores. En este sentido, es necesario conocer la diferencia entre un neurotransmisor y una hormona.

Los neurotransmisores son aquellas moléculas intercambiadas por neuronas. En ello difieren de las hormonas que circulan por el torrente sanguíneo y los efectos que producen son menos inmediatos. La felicidad, al igual que el resto de los estados de ánimo, pertenece a un producto de la química cerebral y suele asociarse a cuatro neurotransmisores: serotonina, endorfinas, oxitocina y dopamina.
El estudio de la química cerebral es la disciplina que exploran los especialistas es psicofarmacología para elaborar medicamentos que están orientados a mejorar la salud de los pacientes que padecen trastornos del ánimo, interviniendo en la recaptación y producción de ciertos neurotransmisores. Cualquier persona siente felicidad, pero describir la emoción objetivamente nunca ha sido tarea fácil.

Hormonas en balance
La filosofía ha hecho una aproximación al concepto de felicidad, procurando explicar lo que es sentirse feliz o qué lo ocasiona. Generalmente se le asocia con la plenitud, el placer y el bienestar. Mientras que sensaciones como el dolor o la inquietud se encuentran vinculadas a la falta de placer, y por lo tanto, nos apartan de la felicidad. Ahora, la ausencia de dolor o intranquilidad no garantiza la felicidad.

Igualmente, sentir placer no equivale a felicidad instantánea. Los «ingredientes de la felicidad» son los cuatro neurotransmisores que intervienen en el mecanismo de la felicidad. La serotonina está muy relacionada con el control de las emociones y el estado de ánimo. Entre otras muchas funciones, la serotonina brinda sensaciones de bienestar, satisfacción y relajación, además de mejorar la autoestima y la concentración.
No obstante, cantidades excesivas de serotonina no son sinónimo de relajación profunda, sino el detonador del síndrome serotoninérgico, una reacción farmacológica que puede ser potencialmente mortal y que suele hacer aparición como efecto secundario del consumo de ciertos psicofármacos.
Por otro lado, las endorfinas son péptidos, proteínas pequeñas que generan sensaciones de bienestar y alivian el dolor de forma natural. Se les suele conocer como las «hormonas de la felicidad» y son un tipo de neurotransmisor que se produce en el hipotálamo y la glándula pituitaria. El estado de relajación es proporcionado por las endorfinas.
El efecto placentero de las endorfinas es temporal, no excede más de unas horas, ya que las enzimas del organismo las neutralizan. La oxitocina, la hormona del amor o la confianza, es el neurotransmisor que se hace presente cuando el individuo experimenta sensaciones muy agradables. Ejerce funciones como neuromodulador en el sistema nervioso central modulando comportamientos sentimentales, sociales, sexuales y la conducta parental.

A nivel cerebral, la oxitocina parece estar involucrada en el reconocimiento y establecimiento de experiencias sociales y de confianza y generosidad. La oxitocina tiene un papel muy importante en la maternidad, la gestación, alumbramiento y lactancia. Deficiencias en los niveles de oxitocina pueden disparar la hipertensión, aumento en la bilirrubina, anormal coloración en piel, náuseas o contracciones uterinas.
La dopamina proporciona placer y relajación. Interviene en procesos de memoria y aprendizaje al regular la duración de los recuerdos. También, juega papeles importantes en el comportamiento, la cognición, la actividad motora, la atención, motivación, el humor, la recompensa, el sueño y el aprendizaje. Pero exceso de dopamina es contraproducente y nada recomendable.

Con altos niveles de dopamina pueden surgir los mismos síntomas de la esquizofrenia, como los delirios o alucinaciones, entre otros. Un exceso de dopamina también puede provocar trastornos bipolares y la aparición de tics.
Como vemos, tratándose de los neurotransmisores la conclusión es la misma: no existe una fórmula mágica o un atajo. La clave es procurar la estabilidad, buscar un equilibrio y mantenerlo. La alternativa razonable es asumir la felicidad como una actitud, una decisión consciente y practicar buenos hábitos, más allá de forzar la producción de neurotransmisores y el control del complicado entresijo celular de nuestro organismo.

La felicidad es un sentimiento y un fenómeno muy complejo como para ser reducido a simplemente una interacción de moléculas.
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