En esta ocasión te proponemos observar la ansiedad con una mirada distinta, entendiendo que es inevitable sentirla alguna vez en la vida, pero que no resulta realmente negativa si aprendemos a gestionarla adecuadamente.
Según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), unos 301 millones de personas en todo el mundo padecían un trastorno de ansiedad crónico para 2019. Un año después, la pandemia de COVID-19 y sus efectos irreversibles terminaron por incrementar exponencialmente este mal.

La gran magnitud de estudios desarrollados sobre la ansiedad y salud mental son indicadores de la preocupación que despierta en los expertos el trastorno de ansiedad.
Nadie está a salvo de padecer este mal y la preocupación está justificada. No obstante, el psicólogo social y catedrático de Harvard, Arthur Brooks, propone abordar el fenómeno con una visión más conciliadora que comparte en su columna “Cómo transformar a la ansiedad en aventura” escrita para The Atlantic.

La ansiedad como herramienta
En primer lugar, propone aclarar que no se trata de una conducta perjudicial, apoyándose en investigaciones de biólogos evolutivos que la describen como una respuesta adaptativa del cerebro frente a amenazas potenciales. El verdadero riesgo surge cuando ese estado de alerta se activa con demasiada frecuencia, momento en el que puede transformarse en un problema.
“Si este sistema de alarma tiene un umbral demasiado bajo, como una alarma de humo que salta cada vez que cocinas, su sensibilidad se convierte en un problema. Estímulos cotidianos, como ir a una fiesta o hablar delante de unas pocas personas, no deberían producir ansiedad; si lo hacen, puede que estés experimentando una desregulación”.
explica Brooks.
Brooks define la ansiedad como “una parte integral de la vida que puede aportar aprendizaje, mejorar el rendimiento e incluso convertir la vida en una aventura”, que no dista demasiado de condiciones similares como el miedo, la preocupación o el estrés.
El autor plantea que el primer paso es reconocer la ansiedad de manera adecuada para poder beneficiarse de sus efectos, lo cual requiere seguir ciertas pautas. La principal es no intentar reprimirla, aunque esto resulte complicado, pues durante mucho tiempo se difundió la idea de que esa reacción era nociva. No obstante, está demostrado que sucede lo contrario.

“Experimentos de 2009 descubrieron que las personas a las que se les indicó suprimir sus conductas ansiosas sintieron que su ansiedad aumentaba, en comparación con quienes aceptaban esos sentimientos. Ya sea en el trabajo o en casa, cuando se activa la alarma y suben las hormonas del estrés, intenta simplemente decirte: ‘Esto es solo mi cerebro avisándome de algo fuera de lo normal’”.
añade el autor.
El vértigo de la libertad

El otro paso es reinterpretar la ansiedad para convertirla en una experiencia estimulante. En vez de percibir lo inesperado como amenazante, lo ideal es verlo como una oportunidad de aventura. No queremos eliminar la ansiedad, sino modificar la perspectiva: por ejemplo, en medio del estrés, simplemente decirse a uno mismo: “esto es emocionante”.
El padre del existencialismo, Søren Kierkegaard, filósofo y teólogo danés, decía en el siglo XIX que era “una aventura a la que todo hombre ha de enfrentarse si no quiere ir a la perdición” y la definía como el “vértigo de la libertad”. Brooks cita al filósofo, señalando que la ansiedad es “el precio de comprometerse con el arte de vivir plenamente. Siempre hay que pagarlo, y no se espera que sea una experiencia placentera, pero sí que valga la pena”.
El académico no afirma que la ansiedad sea indispensable para alcanzar la felicidad, pero reconoce que, cuando aparece, existen maneras de convertirla en algo beneficioso.
FUENTE: NG.
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